Bellota-Dehesa-Montanera, el triangulo mágico.

El milagro del Ibérico sería imposible
sin la existencia de la dehesa (3,9 millones de héctareas en la Penísula Ibérica),
un singular ecosistema del bosque mediterráneo, salpicado de encinas, alcornoques
y quejigos que se combinan con una rica variedad de pastos.
En España las principales extensiones de dehesa se encuentran en Extremadura y Andalucía
occidental, además de una cierta presencia en Castilla y León, Castilla-La Mancha
y Madrid.
En el caso de Portugal (35% de las dehesas totales de la Península Ibérica) las
principales extensiones se encuentran en el Alentejo Portugues).
Es en este escenario donde el cerdo Ibérico disfruta de un marco ideal, con una
vida en libertad envuelto en aire puro y una alimentación plenamente natural, cuya
base es la bellota, rica en ácidos oleicos y responsable de la grasa que se deshace
en la boca y de los inconfundibles sabores y aromas de las chacinas.
En el momento en que caen estos frutos (fase llamada “montanera”, que se prolonga de finales de octubre hasta el mes de febrero), los animales recorren largas distancias en su búsqueda, proporcionando a sus músculos un alto grado de consistencia y de infiltración de la grasa en la carne, características típicas de los productos del Ibérico.

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